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Así hemos vivido la tensa tractorada en Santander: los ganaderos claman justicia entre gritos, fuego y un ternero muerto

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El 9 de enero, cuando los primeros tractores entraron en Santander, la ciudad miró con curiosidad. Hoy, día 29, cuando han vuelto a hacerlo, la mirada era otra. Más incómoda. Más tensa. Como si todos supiéramos que aquello no era una repetición, sino una advertencia.

He estado en las dos tractoradas. Y la diferencia no está tanto en el número —entonces fueron unos 260 tractores, hoy algo más de un centenar— como en el ambiente. Aquella primera vez todavía había margen para la pedagogía, para explicar por qué el campo salía a la calle. Esta segunda, la sensación era distinta desde el inicio: menos ganas de convencer y más necesidad de ser escuchados. Necesidad es justamente la palabra.

Pero, ¿por qué otra tractorada?

Una de las razones que explica que el campo haya vuelto a manifestarse es el rechazo al acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur, aunque en los últimos días se haya producido un giro relevante en Bruselas. El Parlamento Europeo ha decidido paralizar de momento su tramitación y pedir un dictamen al Tribunal de Justicia de la UE sobre la legalidad del acuerdo, lo que retrasa su ratificación y deja el proceso en suspenso durante meses, posiblemente más de un año.

Sin embargo, para los ganaderos esta decisión no disipa la incertidumbre: temen que el tratado pueda aplicarse de forma provisional y que acabe permitiendo la entrada de productos agrícolas y ganaderos de terceros países con estándares sanitarios, laborales y ambientales más laxos.

Esa sensación de amenaza latente, unida a la falta de respuestas inmediatas en otros frentes, es una de las claves que empuja al sector a volver a la calle pese a los movimientos institucionales en Europa.

Así arrancó la jornada desde La Marga

Desde La Marga, el ruido volvió a marcar el paso. Bocinas, campanos, petardos. Tractores conducidos por hombres y mujeres jóvenes, de mediana e incluso avanzada edad; algunos casi con aspecto de ir al trabajo más que a una protesta; la Cantabria verde que nos da de comer. En las pancartas no había consignas sofisticadas ni discursos ideológicos: solo frases directas, casi desesperadas. “Sin sector primario no hay comida”. “Menos tontería, más ganadería”. “No a Mercosur”.

A pie de acera, la reacción era desigual. Aplausos de muchos, muchísimos viandantes santanderinos. Gestos de hastío de otros. Santander, durante unas horas, dejó de ser ciudad para convertirse en escenario de un conflicto que normalmente se queda lejos, en los pueblos, en las explotaciones, en el silencio, pero que hoy debía llegar a la capital por absoluta necesidad.

Una sonora llegada al Parlamento cántabro

La llegada al Parlamento fue ruidosa, como estaba previsto. Y también incómoda. Hubo dificultades para entregar el documento con las reivindicaciones y momentos de tensión con la Policía. Dentro, el tono fue firme pero formal. Fuera, el enfado ya no se disimulaba. Luis Portilla, de UGAM-COAG, habló claro a los representantes políticos: el campo está enfadado, cansado de que las decisiones se tomen en despachos y se paguen en las cuadras. Su frase estrella fue bastante sonora: "Solo pedimos respeto y dignidad".

Tensión y un jato muerto frente a la Delegación del Gobierno

Pero el punto de no retorno llegó después, en la Delegación del Gobierno. Hasta allá abajo, y desde la calle Alta, bajaron manifestantes a pie y en tractor. Definitivamente, allí el guion se rompió. Un tractor intentó colocarse junto a la fachada del edificio. La Policía Nacional lo impidió. Y en ese gesto, aparentemente menor, estalló todo lo acumulado durante semanas. Abucheos, empujones, gritos. No fue una escena caótica, pero sí lo suficientemente tensa como para que nadie mirase hacia otro lado. El tractor acabó aparcado. El ambiente, definitivamente encendido.

Pedro Casares, el delegado del Gobierno en nuestra región, bajó entonces a la entrada. Megáfono en mano, trató de rebajar la tensión. Reconoció al sector como esencial, admitió que muchas de sus reivindicaciones son justas y prometió escuchar y trasladar sus demandas al Ministerio. Habló de límites, de competencias europeas, de tiempos largos.

Mientras hablaba, a pocos metros de él, yacía en el suelo el cadáver de un ternero atacado por el lobo que acababan de tirar unos cuantos manifestantes. No era un símbolo amable ni una imagen pensada para convencer. Era un golpe directo a la conciencia. Los ganaderos lo depositaron allí y permaneció durante toda la conversación, mientras representantes del sector y delegado hablaban cara a cara durante más de media hora.

“Este es el día a día del ganadero”. “No queremos dinero, queremos a los animales vivos”. Las frases se repetían entre la multitud, en un tono que mezclaba rabia y agotamiento. El discurso volvía una y otra vez a la misma idea: el campo vive la tormenta perfecta. Menos ayudas, más costes, más burocracia, enfermedades como la dermatosis nodular, el conflicto con el lobo y un acuerdo con Mercosur que perciben como una amenaza directa a su futuro.

El fuego tomó Calvo Sotelo

Cuando el diálogo terminó, no llegó la calma. Llegó el fuego. Paja ardiendo en pleno Calvo Sotelo, donde también tiraron al 'jato' que previamente había llamado tanto la atención; humo mezclado con olor a madera y a rabia. Una escena que incomodó a muchos y que otros defendían como la única forma de hacerse visibles en una ciudad que, pasada la protesta, volvería a su rutina.

Está claro que esta tractorada no buscaba explicar nada nuevo. Buscaba dejar constancia de que el enfado ha ido un paso más allá.

El campo volvió a entrar en la ciudad. Y esta vez lo hizo con menos paciencia que en enero. Ahora la incógnita ya no es qué piden, porque eso está escrito y dicho. La incógnita es cuánto tiempo más se puede sostener un conflicto así sin que alguien, de verdad, decida escuchar.